El viento sopla con una ligera cadencia, se siente su inevitable roce en el rostro, es como una pequeña mano infantil, que fría, te acaricia con una ternura no intencional, como mucha suavidad, la suficiente para apenas ser percibida, te tranquiliza, sientes un poco de paz interior, te dan ganas de cerrar los ojos, sientes como el silencio se desvanece, sonidos llegan, comienzas a estructurar recuerdos, piensas en la abuela, piensas en como partía la sandía, recuerdas como la mirabas con tus manitas sobre la mesa, sientes el sabor. Comienzas a ver, aunque no haz abierto los ojos.
Miras como el niño corre por las baldosas pateando todas las hojas que se cruzan en su camino, todas, por mas diminutas que sean. Miras como va hacia el césped y le pasa la mano. Miras como se multiplica y trepa todos los árboles al rededor, y una vez en la copa, se balancea en las ramas lentamente, rítmicamente, provocando que unas pequeñas gotitas caigan libremente hasta donde estás. Una se atreve a caer justo en la punta de tu nariz, le gotita se despedaza en otras aun más pequeñas, sientes como te refrescan el rostro.
Abres los ojos lento, poco a poco tus ojos se acostumbran a la luz. Reconfortante, esa es la palabra. Te sientes bien. Te levantas del árbol en el que te estabas recargando, sigues los pasos del niño.
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